Los siguientes meses supusieron un esfuerzo diario de
escritura. En ese momento ya no valían medias tintas, había llegado el momento de bajar
la cabeza, hincar los codos y comprobar hasta donde podía llegar. Algo parecido
a una maratón de la tecla, a una travesía por el océano en solitario y sin paradas, que se
prolongó hasta julio del año 2017. Y digo lo de “en solitario” porque
en aquellos meses prácticamente nadie, ni siquiera de mi entorno más cercano, sabía lo que estaba escribiendo. Aquella
soledad, a veces me resultaba bastante angustiosa, pero no quería decir nada o
casi nada, por si al final no era capaz de sacar algo adelante mínimamente
coherente.

Vaya por delante que yo nunca me he considerado a mí mismo escritor,
ni mucho menos. Admiro profundamente a aquellos que tiene una prosa amena y
fluida, que saben narrar y que tienen habilidad para tocar las emociones de sus
lectores. No hay nada que me guste más que empezar un libro en el que las
páginas vuelen una tras otra por que el autor domina el medio y me hace devorar
su obra, pero sincera y humildemente, no es mi caso, ni pretende serlo.

Cuando leo un libro o un cómic, cuando veo una película o
una serie, siempre hay un elemento que es el que me hace vibrar por encima de
todas las cosas: La historia. Si el argumento me resulta interesante, soy capaz
de perdonar otras cuestiones de índole más formal. Supongo que valoro la
creatividad o la originalidad por encima del resto de cosas. Con Saros es lo
que he pretendido. Contar una historia que a mí me gustaría jugar y hacer partícipes
a los personajes de ella, sin mayores pretensiones estilísticas y más allá de
mi propio talento para enfrentarme con mayor o menor éxito al proceso de
escritura.

Para afrontar la ingente tarea que tenía por delante me hice
una firme promesa. Intentaría escribir algo, lo que sea, todos los días. A
veces simplemente algunas pequeñas correcciones sobre lo ya escrito, otras solo
anotar ideas o conceptos y otras veces con tiempo y frescura mental para
escribir, varias páginas en un día… pero todos los días, y cuando no podía
escribir, pensaba en lo que quería escribir, de manera que el aprovechamiento
del tiempo que podía dedicarle a la campaña fue muy alto.

Creo que de media, normalmente, conseguía escribir unas 1000
palabras al día, lo que viene a ser unas dos páginas en el procesador de textos.
Por supuesto, algunos días era menos, pero otros por contra, llegue a escribir unas 3000
palabras (siendo ese, aproximadamente, mi tope en un solo día). Visto en
retrospectiva, creo que es un sistema que me ha funcionado muy bien y que sin
el mismo, no hubiese sido capaz de llevar la campaña a buen puerto.

Según avanzaba en la escritura de los diferentes capítulos,
iba cerrando las costuras de las tramas, ajustando los detalles y dándome
cuenta de algunas incoherencias o errores. Esas discordancias las tenía que ir
corrigiendo delicadamente, como el que manipula un enorme constructo de muchas
piezas, que se mantiene entero pero en frágil equilibrio. Cuando retocas alguno
de sus lados, te obliga a realizar una serie de modificaciones en cascada, en
el resto de los lados, para mantener su integridad.

Otra de las cosas que creo que me ayudó a finalizar el
trabajo es que cuando me encontraba con algunos elementos que no encajaban como yo
quería, pero no se me ocurría una solución, en vez de esperar a que la misma
apareciese, lo apartaba temporalmente y continuaba escribiendo otras cuestiones. Cuando se me ocurriese
como solventar el problema, ya volvería al mismo y lo corregiría, pero no iba a
dejar que ello me detuviese. Cuando has conseguido una inercia es mejor
continuar y volver más adelante a resolver determinados problemas, que detenerte
y perder el empuje durante tiempo indefinido, hasta que des en el clavo de la solución.

Las semanas pasaban y los capítulos iban tomando forma, poco
a poco las piezas iban encajando. Pero una campaña de estas características
necesita facilitarle un poco la vida a la persona que se la va a leer y
dirigir, para que comprenda las motivaciones de los sucesos y pueda tener
herramientas para hacer suya la historia. No hay dos directores de juego iguales y hay que
ofrecerles un contexto, un pasado, un porqué… En definitiva, una manera de
que entiendan la lógica que he aplicado al escribir la campaña, para que puedan
hacerla suya y darle su propio estilo.

Cuanto más avanzaba con los escenarios, más me daba cuenta
de que tenía que empezar a escribir los anexos, con información adicional para
el director de juego. Esta labor se fue solapando con la escritura de los escenarios, ya
que cuando detectaba una necesidad de información adicional, pasaba al anexo
correspondiente y me ponía con ella. Hacer esto incremento bastante el trabajo
(a día de hoy los anexos representan un 12% aproximadamente del total de
Saros), pero me permitió dar mucha más coherencia y profundidad al argumento y
sobre todo, dotar de unos cimientos sólidos al edificio que estaba
construyendo.

La soledad que mencionaba al inicio de la entrada me
permitía trabajar más tranquilo, digamos que en la intimidad, pero por contra a
veces me generaba una gran impotencia el no poder comentar algún detalle que se
me acababa de ocurrir y me entusiasmaba, o pedir consejo acerca de algunos aspectos
a mi entorno más cercano. Quería recibir las impresiones de algunas de esas personas,
pero hasta que no tuviese un borrador completamente definido, no quería mostrar
nada. Hacerlo antes de tiempo, con algunas ideas a medio definir y sin
concretar podía ser contraproducente. Sin embargo, poco a poco,ese momento se iba
acercando.

Durante varios meses había dedicado prácticamente todo mi
tiempo de ocio friki a escribir Saros. Pensaba en Saros, soñaba con Saros,
escribía Saros… digamos que ese nivel de dedicación estaba empezando a
resultar un tanto obsesivo. Quería cerrar el primer borrador, y la ansiedad de
ver ese momento acercarse, me jugaba a veces malas pasadas. De vez en cuando se
me ocurrían paranoias tales como que, al ser yo la única persona que tenía el
archivo con el texto de la campaña, si me pasase algo, Saros caería en el
olvido para siempre, estando tan cerca de terminarla (si, efectivamente, es una
paranoia) y cosas por el estilo.

Pero finalmente el día llegó. El 12 de julio de 2017 terminé
el borrador, pulsé la tecla de imprimir… y ¡La Sombra de Saros salió de mi
cabeza y cobró vida propia!